¿Los cosméticos antiedad aplicados sobre la piel reducen las arrugas?

Vivimos en una era en la que la apariencia física se ha vuelto sinónimo de salud y bienestar. Jóvenes, atractivos y en forma… esa es la imagen que muchos anhelamos ver reflejada en el espejo.

El problema es que el cuerpo envejece y la piel no escapa a ese destino. Pierde agua, elasticidad y firmeza, convirtiéndose en el testigo más fiel del paso del tiempo. Para algunos constituye parte del ciclo natural; para otros, es el motivo de una búsqueda continua por frenar, disimular o al menos retrasar esas marcas que deja la edad.

Hoy, más de 800 millones de personas superan los 60 años, y esa cifra se duplicará para el 2050. En una sociedad cada vez más longeva, el deseo de borrar arrugas y recuperar frescura sin bisturí crece en adultos de mediana edad y mayores, a la par de la obsesión juvenil de prevenir los primeros signos del envejecimiento antes de que aparezcan.

En ese escenario, la industria cosmética despliega cada año una avalancha de fórmulas presentadas como soluciones antiedad, con una promesa que se repite casi sin excepción: reducir las arrugas. Antes de evaluar este claim, conviene detenerse en una pregunta básica: ¿qué es, en realidad, una arruga?

Las arrugas son la consecuencia inevitable del envejecimiento cutáneo, un proceso que conjuga factores intrínsecos y extrínsecos.  Estos pliegues no nacen en la superficie, como muchos creemos, sino que se desarrollan en las capas internas de la piel.

A diferencia de las líneas finas – que se forman en el rostro cuando la piel está seca y se revierten cuando la hidratamos-, las arrugas son surcos estables que implican un cambio estructural consolidado.  En la profundidad de este órgano, las fibras proteicas se debilitan y desorganizan, la sustancia fundamental (que incluye el ácido hialurónico) disminuye y los paquetes grasos se desplazan o cambian de forma. Este deterioro obedece al paso del tiempo, la exposición solar, ciertos hábitos y la repetición frecuente de gestos faciales.

Comprender que las arrugas se gestan en capas profundas permite aclarar otra confusión frecuente: la forma en que se las clasifica. En la práctica clínica y en el lenguaje estético suele hablarse de arrugas dinámicas y estáticas. Esta distinción describe cómo se ven, no cómo se originan.

Se consideran dinámicas aquellas marcas que aparecen durante la gesticulación y desaparecen en reposo, mientras que las estáticas permanecen visibles aun cuando el rostro está relajado.

Desde un punto de vista estructural, las llamadas “arrugas dinámicas” no constituyen arrugas verdaderas. Son surcos transitorios inducidos por la contracción muscular, reversibles en la medida que la piel conserve la elasticidad. Por esa razón, muchos dermatólogos prefieren denominarlas líneas de expresión. Solo cuando dejan de desaparecer tras el gesto y se consolidan como pliegues estables pasan a considerarse arrugas propiamente dichas, es decir, estáticas.

Con esto claro, analicemos el corazón del discurso antiedad: ¿pueden estos cosméticos aplicados sobre la piel reducir arrugas?

Permeabilidad de cosméticos

Uno de los grandes retos de la  cosmética tópica es su capacidad de penetración. Al entrar en contacto con la piel, los productos enfrentan una barrera bastante restrictiva. Si bien este órgano se estructura en tres niveles principales —epidermis, dermis e hipodermis—, el primer gran filtro reside en la fracción más superficial de la epidermis: el estrato córneo.

Esta zona, lejos de ser una puerta abierta, funciona como una pared de ladrillos y cemento. Los “ladrillos” son un montón de células muertas y apiladas, en tanto el cemento es una compleja matriz de lípidos que sella cada intersticio. Esta arquitectura retiene agua y bloquea el ingreso de microorganismos,  constituyendo a su vez un obstáculo para cualquier sustancia que intente entrar.

De hecho, para que una molécula logre franquear esta seguridad, debe cumplir requisitos químicos muy estrictos. Necesita ser pequeña, tener una alta afinidad por los lípidos y tener la carga eléctica correcta. Si es demasiado grande, muy acuosa o eléctricamente incompatible, rebotará en la entrada.

La realidad es que la inmensa mayoría de los ingredientes cosméticos no cumplen estas condiciones y quedan retenidos en la superficie.

Corregir a distancia

Entonces, si estos productos cosméticos no alcanzan las capas profundas donde se forman las arrugas, surge una duda razonable: ¿pueden influir igual en esos pliegues desde lejos?

Dada la barrera física cutánea, buena parte de la estrategia de este tipo de cosméticos se centra en mejorar cómo se ve y se comporta la superficie de la piel. Hidratan, suavizan e iluminan, logrando que la piel se vuelva más flexible, menos tirante y con un acabado que atenúa visualmente las marcas de forma transitoria.

Sin embargo, las arrugas permanecen; a lo sumo se disimulan dependiendo de su profundidad, ya que no ocurre un cambio estructural ni se modula sus causas. Es similar a alisar una sábana sin cambiar el colchón: se ve mejor, aunque la base siga igual.

Cuando la evidencia no es suficiente

Esta diferencia entre lo que un cosmético puede hacer en la superficie y lo que ocurre en las capas profundas plantea otra cuestión importante: ¿qué tan sólida es la evidencia que respalda las promesas de “reducir arrugas” que observamos en las etiquetas? Aquí es donde conviene mirar con más detalle cómo se determina la eficacia de estos productos y hasta qué punto esos resultados pueden trasladarse a la piel humana intacta.

Por un lado, los modelos de estudio más utilizados son cultivos de células,  fragmentos de piel de distintos animales o reconstrucciones de piel humana. Estos sistemas permiten explorar mecanismos potenciales, aunque no reproducen la organización ni el funcionamiento real de este órgano. Así, un compuesto puede estimular la producción de colágeno en un cultivo y ser incapaz de atravesar el estrato córneo cuando se aplica sobre la superficie cutánea.

Por otro lado, los estudios clínicos publicados generalmente se realizan en grupos reducidos, sin controles robustos o con mediciones difíciles de reproducir.

En conjunto, estas limitaciones explican por qué muchas afirmaciones sobre “corregir arrugas desde la raíz” exceden lo que la evidencia disponible permite sostener.

¿Cosmético o fármaco?

Existen sustancias que, en determinados contextos, han demostrado que pueden remodelar la dermis, modular el colágeno y atenuar arrugas de forma estructural. La tretinoína es el ejemplo más conocido. Llega a la dermis, interactúa con receptores específicos y modifica la arquitectura cutánea desde adentro.

No obstante , cuando un ingrediente produce cambios fisiológicos significativos, la legislación es clara. Para la Unión Europea, un cosmético es un producto destinado a “limpiar, perfumar, modificar el aspecto, proteger o mantener en buen estado la piel, sin ejercer acción farmacológica ni modificar funciones biológicas”. La FDA adopta un criterio similar: si un producto “afecta la estructura o alguna función del organismo”, se considera un fármaco (drug), no un cosmético.

Esto significa que una fórmula diseñada para reorganizar la dermis o corregir arrugas de manera directa deja de ser cosmético por definición y pasa al territorio de los fármacos, con todo lo que ello implica: estudios clínicos rigurosos, control de dosis, evidencia de eficacia y supervisión regulatoria específica.

Ahora bien, el mercado cosmético no es ajeno al atractivo de estos activos con potencial farmacológico. Para encuadrarse dentro de la categoría “cosmético”, muchas marcas recurren a una estrategia previsible: incluir versiones derivadas, más suaves o en concentraciones bajas, de moléculas que en medicina sí tienen efectos significativos. Esto no siempre se limita a la dosificación; también se realizan pequeños cambios al compuesto de interés, se diseñan vehículos para que se bien tolerados más que maximizar su penetración y se orienta su acción a la epidermis en lugar de la dermis.

Con estos ajustes, el producto cumple con la definición legal de cosmético, a cambio de sacrificar la posibilidad de alcanzar la dermis y activar las rutas biológicas necesarias para reducir las arrugas.

Conclusión

En este recorrido queda claro que el claim de “reducir arrugas” se sostiene más desde el marketing que desde la ciencia. Las arrugas nacen en la dermis, una región al que los cosméticos no llegan. Frente a este límite físico, las fórmulas actúan donde pueden: en la superficie. Allí hidratan, suavizan y mejoran temporalmente el aspecto de la piel, pero no modifican el origen estructural del pliegue.

La evidencia tampoco ayuda a reforzar la promesa. Los estudios que suelen citarse exploran mecanismos en modelos que no reflejan lo que sucede naturalmente en la piel y los ensayos clínicos disponibles son pequeños y poco reproducibles.

La industria ha intentado salvar esta distancia incorporando versiones “suavizadas” de moléculas potentes, pese a que esas adaptaciones —necesarias para seguir siendo “cosmético”— reducen justamente la capacidad de actuar en profundidad.

Ante todo esto, la conclusión es clara: los cosméticos antiedad pueden mejorar el aspecto de ciertas líneas superficiales, aunque no corrigen arrugas verdaderas ni actúan en su origen, que se encuentra en la dermis. Su aporte se limita a optimizar la superficie cutánea; no revierten los procesos profundos del envejecimiento. Las arrugas ya definidas —esas que se ven incluso sin gesticular— no cambian con un tópico. A lo sumo, algunas más leves pueden verse momentáneamente atenuadas.

Bibliografía

Brito, S., Baek, M., & Bin, B. H. (2024). Skin Structure, Physiology, and Pathology in Topical and Transdermal Drug Delivery. In Pharmaceutics (Vol. 16, Issue 11). Multidisciplinary Digital Publishing Institute (MDPI). https://doi.org/10.3390/pharmaceutics16111403

Chedik, L., Baybekov, S., Cosnier, F., Marcou, G., Varnek, A., & Champmartin, C. (2024). An update of skin permeability data based on a systematic review of recent research. Scientific Data, 11(1). https://doi.org/10.1038/s41597-024-03026-4

Crespi, O., Rosset, F., Pala, V., Sarda, C., Accorinti, M., Quaglino, P., & Ribero, S. (2025). Cosmeceuticals for Anti-Aging: Mechanisms, Clinical Evidence, and Regulatory Insights—A Comprehensive Review. In Cosmetics (Vol. 12, Issue 5). Multidisciplinary Digital Publishing Institute (MDPI). https://doi.org/10.3390/cosmetics12050209

Gorzelanny, C., Mess, C., Schneider, S. W., Huck, V., & Brandner, J. M. (2020). Skin barriers in dermal drug delivery: Which barriers have to be overcome and how can we measure them? In Pharmaceutics (Vol. 12, Issue 7, pp. 1–31). MDPI AG. https://doi.org/10.3390/pharmaceutics12070684

Hewitt, N. J., Grégoire, S., Cubberley, R., Duplan, H., Eilstein, J., Ellison, C., Lester, C., Fabian, E., Fernandez, J., Géniès, C., Jacques-Jamin, C., Klaric, M., Rothe, H., Sorrell, I., Lange, D., & Schepky, A. (2020). Measurement of the penetration of 56 cosmetic relevant chemicals into and through human skin using a standardized protocol. Journal of Applied Toxicology, 40(3), 403–415. https://doi.org/10.1002/jat.3913

Japatti, S., Kumar, J., Merchant, A. F., Dhalwale, G. D., Taneja, P., & Mathew, R. A. (2023). Association of Facial Wrinkles With Different Facial Forms in the Population of Maharashtra: A Prospective Observational Study. Cureus. https://doi.org/10.7759/cureus.47692

Kligman, A. M., Zheng, P., & Lavker, R. M. (1985). The anatomy and pathogenesis of wrinkles. In British Journal of Dermatology (Vol. 113).

Kruglikov, I. L., & Scherer, P. E. (2018). Skin aging as a mechanical phenomenon: The main weak links. Nutrition and Healthy Aging, 4(4), 291–307. https://doi.org/10.3233/NHA-170037

Kwon, T.-R., Kim, J., Kim, S. M., Kim, H. J., Lee, J., & Yoo, K. H. (2025). Effect of cosmetic ingredients as functional agents: synergistic action of electroporation and sonophoresis in clinical efficacy. Medical Lasers, 14(1), 16–22. https://doi.org/10.25289/ml.25.009

Peng, Y., Yue, L., & Cong, Y. (2025). Enhancing Dermal Absorption of Cosmeceuticals: Innovations and Techniques for Targeted Skin Delivery. In Journal of Cosmetic Dermatology (Vol. 24, Issue 10). John Wiley and Sons Inc. https://doi.org/10.1111/jocd.70514

Piérard, G. E., Uhoda, I., & Piérard-Franchimont, C. (2004). From skin microrelief to wrinkles. An area ripe for investigation. In • Journal of Cosmetic Dermatology (Vol. 2).

Pupovac, N., Eric, M., Vucinic, N., Radosevic, D., Spremo, A., Levakov, F., Stojanovic, N., & Durdevic, D. (2025). Arrangement of Facial Wrinkles and Influence of Certain Harmful Factors on their Appearance Distribución de las Arrugas Faciales e Influencia de Ciertos Factores Nocivos en su Aparición. In Int. J. Morphol (Vol. 43, Issue 1).

Quatresooz, P., Thirion, L., Piérard-Franchimont, C., & Piérard, G. E. (2006). The riddle of genuine skin microrelief and wrinkles. In International Journal of Cosmetic Science (Vol. 28, Issue 6, pp. 389–395). https://doi.org/10.1111/j.1467-2494.2006.00342.x

Ramos-e-Silva, M., Celem, L. R., Ramos-e-Silva, S., & Fucci-da-Costa, A. P. (2013). Anti-aging cosmetics: Facts and controversies. In Clinics in Dermatology (Vol. 31, Issue 6, pp. 750–758). https://doi.org/10.1016/j.clindermatol.2013.05.013

Rubino, C., Farace, F., Dessy, L. A., Sanna, M. P. G., & Mazzarello, V. (2005). A prospective study of anti-aging topical therapies using a quantitative method of assessment. Plastic and Reconstructive Surgery, 115(4), 1156–1162. https://doi.org/10.1097/01.PRS.0000156142.12128.81

Santoprete, R., Hourblin, V., Foucher, A., Dufour, O., Bernard, D., Domanov, Y., Querleux, B., & Potter, A. (2023). Reduction of wrinkles: From a computational hypothesis to a clinical, instrumental, and biological proof. Skin Research and Technology, 29(3). https://doi.org/10.1111/srt.13267

Serhan, M., Sprowls, M., Jackemeyer, D., Long, M., Perez, I. D., Maret, W., Tao, N., & Forzani, E. (2019). Total iron measurement in human serum with a smartphone. AIChE Annual Meeting, Conference Proceedings, 2019-November. https://doi.org/10.1039/x0xx00000x

Swift, A., Liew, S., Weinkle, S., Garcia, J. K., & Silberberg, M. B. (2021). The Facial Aging Process from the “inside Out.” Aesthetic Surgery Journal, 41(10), 1107–1119. https://doi.org/10.1093/asj/sjaa339

Zhao, Y., Feng, B., Lee, J., Lu, N., & Pierce, D. M. (2020). A multi-layered model of human skin elucidates mechanisms of wrinkling in the forehead. Journal of the Mechanical Behavior of Biomedical Materials, 105. https://doi.org/10.1016/j.jmbbm.2020.103694