¿Cómo se obtiene el Ácido Hialurónico?

El Ácido hialurónico (AH) es el rey indiscutible de la estética moderna, pero su trono se construyó sobre un dilema que pocos conocen: ¿de dónde sacamos toneladas de esta sustancia para abastecer al mundo entero?

Históricamente —y aún hoy en menor medida—,  se extrae de fuentes animales: crestas de gallo, cordones umbilicales o humor vitreo bovino. Estos reservorios proporcionan un compuesto muy parecido al humano, a costa de asumir riesgos y grandes desafíos técnicos.

El primer obstáculo es la pureza. El AH de origen animal casi nunca viene solo. Suele arrastrar proteínas y fragmentos de ADN capaces de desencadenar reacciones adversas. Entre estas impurezas, se destaca la hialuronidasa, una enzima que degrada el AH.

En segunda instancia, se encuentran los problemas metodológicos. La disponibilidad de fuentes es limitada, el aislamiento y purificación resulta laborioso y costoso, el producto final es heterogéneo – porque varía con la edad y la salud del animal-, y además, existen regulaciones éticas que restringen cada vez más estos procedimientos.

Con semejante panorama, la biotecnología abrió una nueva puerta en la década de 1980, al descubrirse que ciertas bacterias pueden fabricar AH por sí mismas. En vez de extraerlo de tejidos animales, esta estrategia se basa en el cultivo de microorganismos en condiciones controladas para obtener este compuesto en volúmenes mayores y con menos contratiempos.

Este modelo funciona tan bien que ha desplazado casi en su totalidad a la vía convencional. Y en la actualidad, abastece a la mayoría de los cosméticos y tratamientos médicos.

Eso sí, el sistema no está exento de problemas. Muchas de las bacterias empleadas pertenecen al género Streptococcus, patógenos conocidos por causar enfermedades en humanos y animales. Su cultivo requiere extremar las medidas de seguridad para evitar contaminaciones e, incluso con estas precauciones, el material puede contener toxinas y residuos que deben eliminarse con purificaciones largas y demandantes.

Los avances más recientes intentan resolver estos incovenientes mediante ingeniería genética, desarrollando cepas bacterianas inocuas que sintetizan el compuesto sin comprometer la salud. Esta alternativa minimiza la posibilidad de contaminantes y logra preservar una calidad constante sin tantas complicaciones.

De cualquier modo, la transición tiene sus pormenores, puesto que su rendimiento industrial y el tamaño de AH por esta modalidad aún no igualan los estándares del método clásico con Streptococcus. Por ello, si bien la biotecnología moderna ofrece una solución prometedora, su escalabilidad y sostenibilidad económica siguen siendo acotadas.

Ni tan natural, ni tan simple

Aislar y purificar ácido hialurónico es un paso necesario, aunque insuficiente. La molécula en su estado nativo cuenta con varias restricciones. Se degrada con rapidez, tiene dificultades para penetrar la barrera cutánea en profundidad, y a menudo, se lleva mal con otros ingredientes.

Aquí es donde se vuelve imprescindible someterlo a “retoques” químicos que optimicen sus propiedades preservando su esencia. Gracias a esas intervenciones, el AH gana estabilidad, resiste mejor la degradación enzimática, se absorbe con mayor eficiencia o logra integrarse en formulaciones complejas.

Estos cambios permiten crear fórmulas que alcanzan las capas más internas de la piel, duran más tiempo o sirven de vehículos de los fármacos. Su potencial transciende incluso la estética, incursionando en áreas como la regeneración nerviosa o la formación de nuevos vasos sanguíneos.

Ahora bien, esta estrategia conlleva su propia contrapartida. Los procesos de modificación requieren, frecuentemente, reactivos agresivos que, si no se eliminan por completo, dejan residuos indeseados. Algunas de estas variantes pueden provocar inflamación o fragmentarse en subproductos con efectos no deseados. A esto se suma la complejidad técnica y el elevado costo de producción, factores que obligan a imponer controles de calidad rigurosos para garantizar la seguridad final.

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